No podemos eludir la responsabilidad de invocar siempre al Cristo en cada persona dondequiera que vayamos. Y solo despertaremos verdaderamente al Cristo cuando empecemos a verlo en los ojos de quienes nos miran. – John-Roger
Este artículo se publicó por primera vez en el New Day Herald en Mayo de 1990.
Algunos creen que fue la muerte de Jesús la que trajo el perdón como mecanismo para volver a Dios. Sin embargo, en realidad, fue su resurrección la que lo logró todo. La resurrección, la transformación, es la que se encarga de todo el «pecado».
El Evangelio de Juan es la historia de cada persona sobre el Cristo interior, que es Luz y vida en el mundo. Jesús fue crucificado entre un mentiroso y un ladrón, que son las personalidades que habitan el mundo. Cristo siempre es crucificado entre el mentiroso y el ladrón. Y en el último momento, uno no se arrepentirá y el otro sí. Uno morirá con el pecado en sus manos, y el otro morirá con perdón. Eso es la reencarnación. Cuando ambos mueren en perdón, no hay nada a lo que regresar ni que rectificar. Recuerda que es la historia que guardas en tu alma la que estás equilibrando.
Ese libro de Juan fue escrito como si estuviéramos en un sueño. Cada uno de nosotros puede decir: «El Cristo soy yo, y todo lo demás son las personas que pongo ahí y las cosas que hago y dejo de hacer a mi yo Crístico. Y en algún momento, yo o alguien más, crucificará a mi yo Crístico».
Cuando eso suceda, alguien que también haya pasado por la crucifixión y la resurrección se presentará, te mirará a los ojos, invocará a Cristo desde la tumba y lo resucitará de donde se encuentra detrás de tus ojos. Cristo sigue en su tumba porque está en la cabeza, pero debe ser liberado de ella para que inunde todo el ser. Esto es lo que realmente somos.
No podemos eludir la responsabilidad de invocar siempre al Cristo en cada persona dondequiera que vayamos. Y solo despertaremos verdaderamente al Cristo cuando empecemos a verlo reflejado en los ojos de quienes nos observan.
El perdón no logra eso; es un proceso lo que te lleva a ello. Entonces debes, por voluntad propia, entrar de nuevo en Cristo y convertirte en Dios manifestándose de nuevo en el mundo como esta personalidad, como el Cristo en ti, que es la extensión misma de Dios haciendo a Dios.
La auto-crucifixión es probablemente la más engañosa, porque el ladrón y el mentiroso, a ambos lados de Cristo, niegan que haya sucedido o que les esté sucediendo. Pero todos experimentaremos la muerte de la personalidad y entraremos en lo que algunos llamarían delirios de grandeza: «Soy Dios, soy Cristo». Con el tiempo, todos caeremos en ese estado de locura. Al hacerlo, en realidad estarás dando a luz a Cristo como un bebé dentro de ti.
Algunas personas fingen sinceridad, honestidad y veracidad porque son maestros de la fachada, lo que se ponen para protegerse en el mundo. Quienes los miren a los ojos pueden ver allí a Cristo en la tumba. Nuestra labor es seguir invocando al Cristo en la tumba en ellos, amándolos a pesar de todo. Quizás sea no hacer nada; quizás sea no hablar. No tienes que participar. Jesús pasó por un pueblo y nunca participó con la gente.
En la Biblia, dice «orar sin cesar». Quizás lo que estamos pidiendo en oración es perdón. Y el perdón, visto como un acto de compasión, también debe verse, por otro lado, como un acto radical. ¿Cuándo somos perdonados por Dios? Cuando actuamos a la manera de Dios. ¿Y cuándo somos perdonados por Cristo? Cuando venimos a Cristo y nos volvemos como Cristo o actuamos a la manera de Cristo. Ese es un enfoque radical del perdón.
Los únicos que saben quién es Cristo son aquellos que son conscientes y lo saben espiritualmente. Todos los demás provienen de su ego, del ladrón y mentiroso que llevan dentro, y te mentirían y te robarían al mismo tiempo. Así que la vigilancia eterna es la clave del perdón. Es un estado constante de consciencia de que nada de lo que haces o dices tiene mala intención. Eso se convierte entonces en una línea de energía espiritual.
Las personas que tienen la clara intención de hacer daño bajo la apariencia de un nombre divino se están condenando a sí mismas. Yo me mantendría alejado de ellas porque nunca se sabe cuándo este gran gusano de la tierra las alcanzará y las agarrará y con él, les arrancará parte de la pierna. Cuando sé que hay una enfermedad contagiosa que asola una zona, nunca viajo allí. Hay muchas probabilidades de que no me contagie, pero ¿y si me contagio? El solo hecho de pensarlo me ha dejado vulnerable a contraerla. No quiero saber nada de eso. Así que busco a las personas que van por mi camino y pasamos el rato juntas. Y si nadie va por ese camino, está bien. Mientras resucites en tu conexión con la divinidad, importa muy poco porque un día todas irán por ese camino.
Baruch Bashan
John Roger










