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Nuevo Amanecer

Fiesta de Bendiciones

La belleza de Prana está aún conmigo, el amor me envuelve. Estoy consciente de ese júbilo, de esa confianza de que todo es posible y de que mi tarea es seguir en Dios y con Dios, que estoy haciendo un espacio para que entren más bendiciones en mi vida, y que estoy dispuesta a compartirlas y multiplicarlas donde quiera que vaya y con quien sea.

Decir fiesta evoca en nosotros un momento de diversión, celebración y compartir felicidad.   La Fiesta de Bendiciones no es una fiesta como otras, las bendiciones, hacen la fiesta aún más extraordinaria. En la fiesta de bendiciones se abrió la casa, se abrió Prana a la casa del Señor. Cierto que la casa del Señor está siempre disponible, pero a veces no nos damos cuenta. Dicho en primera persona, no me doy cuenta.

La fiesta se prepara, se organiza, se cuidan los detalles, siempre alguien, a veces muchos, se encargan de preparar la fiesta; los preparativos incluso suenan como un rumor, una música que busca el acuerdo. Los invitados también se preparan. La preparación ya es parte de la fiesta. Así sucedió en la Fiesta de Bendiciones. Todos los preparativos consumados.

Tomé conciencia de que Prana y la Fiesta de Bendiciones están unidas en mi experiencia. La Fiesta de Bendiciones no se limitó a transcurrir en ese día de junio, sino que Prana es una fiesta permanente de bendiciones, un espacio para acceder al Espíritu. Llegar a Prana es hacer un viaje, cruzar un umbral e ingresar a un espacio signado por el Espíritu, sentirse en casa.

Empecé a ir a Prana cuando me mudé de Chile a ciudad de México, veinte años atrás. Así como la mudanza me acercó a Prana, Chile fue para mí el lugar del encuentro con el MSIA a principios de los noventa. Sin embargo, pasaron diez años para que me animara a decir por qué no y fuera a Conferencia. Ir en grupo facilitó el viaje. Luego seguí regresando, casi siempre acompañada. Como ven llegar a Prana llevó tiempo y coraje. Siempre las amigas contribuyeron a facilitar el viaje.

Si bien cada vez que voy a Prana la experiencia se presenta diferente, lo común es que llego contenta y me siento colmada de sólo estar. Prana se ha ido haciendo más familiar, un lugar de encuentro, la peregrinación anual, un espacio donde convergen también la familia espiritual y la amistad.

Esta fue mi segunda vez en Fiesta de Bendiciones. El ambiente era acogedor, un clima sencillo, un grupo de gente sentada en mesas, escribiendo sus peticiones, y luego John las transformaba en bendiciones para todos, los presentes y los ausentes. Intuí que un remolino de luz se llevaba las bendiciones a otros tiempos y espacios, y que estábamos viajando mientras permanecíamos ahí. Entendí una vez más por qué el MSIA se define como movimiento.

Agradecí mi idea terca de querer participar en la fiesta, de estar dispuesta a participar, de no rendirme ante las contingencias, o de rendirme y dejárselo a Dios. Haberme abierto a ir, ya fue la primera bendición. La segunda bendición sin duda fue haber estado allí, haber estado por varias horas en un tiempo suspendido donde John leía en voz alta las bendiciones que cada uno solicitaba y las iba haciendo de todos. John siempre de pie, como un faro, una columna de luz, como el poste de Paz que al día siguiente me encontré en Windermere, eternamente presente, en varias lenguas, igual que él. Observé que John traducía las peticiones, las hacía universales, las expandía fuera de la sala. En la tarjeta donde decía, “luz para mi cadera”, John traducía “salud”. Muchas bendiciones de salud y abundancia de todo tipo y nivel se hicieron presentes, muchas bendiciones para el despeje y la liberación de los apegos, para el bien del planeta, la paz, la sequía, el entendimiento, el perdón, la gratitud, la libertad, la valentía, la fortaleza, la belleza y la gracia, y sobre todo el amor y el sentirse uno con Dios.

Sentí que John oficiaba una ceremonia donde nosotros éramos tan necesarios como él, John el hermano mayor, nosotros sus discípulos, que contribuíamos a que las bendiciones se anclaran, con nuestra devoción, nuestra apertura a las bendiciones, nuestra fe, nuestra confianza. Estábamos en un lugar de oración, en el cenáculo superior, en el banquete, literalmente con el cordero y las flores, liberados.

Sentí que todas mis peticiones eran escuchadas, aún más, que las bendiciones ya habían sido dadas, que habían estado siempre disponibles. Las bendiciones siempre al alcance de la mano si estoy atenta a reconocerlas. John puso todo en la gracia. Hizo una bendición de cubrimiento, de cubrir todos los seres y situaciones con el manto del Viajero. Yo sentí que me iba despejando, que estaba liberando también historias familiares, vidas de ancestros, karmas de mi país de origen y de mis países de residencia. Me conecté más con la gratitud y el perdón. Sentí que podía manifestar en mí y en mi entorno las bendiciones.

En la fiesta de bendiciones escuché que mi responsabilidad es hacer la paz conmigo y en mi espacio de competencia y el resto dejárselo a Dios. Sufrir por los otros, por las guerras y las exclusiones, no contribuye a la paz del mundo; ser empática y amorosa con los que me rodean, con los que me encuentro, con cualquier otro, hacer algo por la paz, eso sí. Observé una vez más mi tendencia a la crítica, la que fácilmente se hace queja y demanda. Una vez más me comprometí a estar presente con Dios en todo momento, a dar y recibir en mayor grado, a hacer el bien en las pequeñas cosas, a valorar mi bondad y perdonarme por mis caídas, a poner un límite a mi autoexigencia y a mis exigencias hacia los otros, a aceptar las diferencias y buscar lo común, a amarlo todo y a todos y dejar atrás mis juicios, a ponerme en el lugar de la alegría y el entusiasmo. Sobre todo, mucha alegría…

Durante la fiesta de bendiciones fui transitando de escribir peticiones específicas a llegar a otras, a ir mirándolas y cambiándolas en la medida que iba escuchando a John, como si mis peticiones se fueran haciendo más sabias, más cercanas a Dios. También durante la fiesta de bendiciones sentí que había un lugar de paz disponible para mí, donde todo estaba bien, y que yo estaba una vez más dispuesta a servir a Dios para el bien mayor, que el amor es la clave y que es todo lo que se necesita, y que desde ese lugar me estaba abriendo a quitar restricciones de mi vida y a ser más plena, más leve, más inocente.  Todas las enseñanzas de J-R se hicieron más presentes, me afirmé en que quiero una vida más sencilla y amorosa para mí y que desde ahí estaré más lista por contribuir al mundo.

Después de la fiesta fui en grupo a la playa, metí los pies en el agua, vi el atardecer en el mar. Me sentí bendecida. En la noche al leer unos chistes, observé con asombro y alegría que me estaba riendo, que mi risa sonaba clara, agradable y fresca.

México, miércoles 6 de julio, sigo en la fiesta de bendiciones. La belleza de Prana está conmigo, el amor me envuelve. Estoy consciente de ese júbilo, de esa confianza de que todo es posible y de que mi tarea es seguir en Dios y con Dios, que estoy haciendo un espacio para que entren más bendiciones en mi vida, y que estoy dispuesta a compartirlas y multiplicarlas donde quiera que vaya y con quien sea.

La fiesta ha tenido resonancias: estoy contenta, y compartí la alegría, ordené mi casa, hice mis rutinas físicas y los EE, participé en un PTS, me ocupé y disfruté de la comida, terminé con mucha alegría un documento que he estado haciendo todo el año, sobre saberes y experiencia (educación mi área de trabajo), lo completé mucho más allá de lo que me habían solicitado e independiente del reconocimiento institucional. Siento que se ha multiplicado mi capacidad de hacer, crear, cuidar y compartir. Me sentí y me siento agradecida de quien soy y de todo lo que tengo, dispuesta al servicio y más consciente de que éste no es mi mundo, que hay mucho más y para allá voy.

Infinitas gracias a quienes hicieron posible mi participación en la Fiesta de bendiciones. Doy gracias desde un lugar donde las palabras no alcanzan y sólo resta el silencio. Tan lejos, tan cerca, estoy ahora parada en el laberinto, en la tibieza del amanecer. La luz y la corriente del sonido, ese rumor indescriptible, que lo inunda todo, me acompañan.

 

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