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New Day Herald

Caballos en Hyde Park

No tengo ni idea de cuántas veces aparqué el coche en Hyde Park de madrugada y crucé a pie las enormes verjas de hierro para entrar en los Cuarteles de la Household Cavalry. Fueron, desde luego, muchas veces a lo largo de varios años.

En cuestión de minutos estaba en las cuadras, respirando el olor a caballo, heno, cuero y paja, escuchando su respiración suave, sus resoplidos, el ruido con que arrancaban el heno de los pesebres o su inquietud al moverse dentro de los boxes. Un soldado me indicaba qué caballo debía ejercitar. A veces lo ensillaba yo, a veces lo hacía él. Allí había amigos míos, civiles privilegiados como yo, con vínculos con la Household Brigade, y muy pronto salíamos a cabalgar por el parque.

Eran los años 80. Una época especial. Había terminado Insight I. A través de Russell Bishop había empezado a visitar la casa de AJ Clarke, en Kensington, para los seminarios semanales de J-R. Russell me enseñó a invocar la Luz, y lo hacía con regularidad.

Durante mucho tiempo, la revista Horse and Hound llevaba en su portada el lema «El viento del cielo sopla entre las orejas de un caballo”. ¡Y desde luego que lo hace! Era pura alegría. Montaba aquellos enormes caballos de batalla. La mayoría eran unos pedazos de pan, algunos tiraban un poco, pero por si acaso siempre invocaba la Luz antes de saltar a la silla.

A los caballos no les importaba lo que yo supiera, hasta que sabían que me importaban ellos. Aquellos caballos nos calaban enseguida. Si no creabas entendimiento, te descartaban, volvían al galope a las cuadras y hacían lo que les daba la gana. Es decir, si nadie los atrapaba. Los caballos no ven el mundo como nosotros, y esa es una de las razones por las que buscan la sintonía. Quiérelos, y te querrán.

Nosotros vivimos en un campo visual de 360°. Es como un círculo enorme. Los caballos no, ellos ven a través de una banda horizontal estrecha. No pueden ver por encima ni por debajo, y por eso se espantan ante banderas altas inesperadas y se asustan con objetos bajos. También por eso saltan de buena gana a través de círculos de fuego. No ven el fuego por arriba ni por abajo, pero sí lo ven a los lados y saltan a través de él, si se les pide.

Cabalgar por Hyde Park era un placer. Qué privilegio ir sobre la suave fuerza equina en lugar de enjaulada entre los autobuses y los coches que tosían carbono al otro lado de las rejas de hierro. Normalmente galopábamos por Rotten Row, o quizá a lo largo del Serpentine. Todo el parque era nuestro patio de juegos. Los caballos disfrutaban de su libertad y nosotros disfrutábamos de ellos. Esquivábamos a los perros, ciclistas, patinadores y corredores que también disfrutaban del ejercicio a primera hora. Nunca sabía con quién me tocaría cabalgar después: el director de la revista Field, o de Horse and Hound, el Comisario Jefe de la Policía Metropolitana, entrenadores de caballos de carreras, oficiales de caballería, o si vería, a lo lejos, a la princesa Diana aprendiendo a montar con James Hewitt.

No se trataba solo de montar. La conexión entre aquellos caballos, su sintonía mutua, era tan intensa como su conexión, o la falta de ella, con nosotros. Fue esa energía del corazón la que me atrajo hacia los caballos cuando, de adolescente, ejercitaba caballos de carreras de National Hunt. Trabajaba los fines de semana como mozo de cuadra, montando, cepillándolos, acompañándolos con orgullo los días de carrera, paseando en el paddock a los caballos que cuidaba y de pie junto a la valla, mordiéndome las uñas hasta que ganaban, o no.

Hay tantas historias sobre el corazón, el alma y la valentía de los caballos. Como cuando el IRA hizo explotar una procesión de caballería en Hyde Park, matando a siete caballos y dejando a uno, Sefton, con 34 heridas. Hay una estatua en su memoria justo dentro de los muros del cuartel, porque fue valiente y volvió al servicio. La Reina comentó: «fue el peor día de mi vida».

Una vez, mi yegua, Banshee, me hizo cuidar de otro caballo. Una mañana, al entrar en su prado, galopó hacia mí y frenó en seco. Se giró, comprobó que la seguía y me condujo hasta la alambrada que separaba su prado del de al lado. Allí yacía un caballo enredado en el alambre de espino. Banshee resoplaba y observaba mientras yo llamaba a su dueño con el móvil y, junto a él, desenredaba trabajosamente al caballo. Una vez en pie, tambaleante pero vivo, Banshee sacudió la cabeza y se alejó al trote. ¡Trabajo hecho!

Los animales sienten. J-R me dijo que ellos también tienen vida espiritual. Una vez, en un mercado irlandés, vi cómo compraban a una sola vaca y la separaban del rebaño. Ella luchaba por quedarse, las demás se apiñaban bramando, mientras un muchacho irlandés la sacaba. Empezó a llorar. Enormes lágrimas rodaban por sus mejillas mientras él la arrastraba. Invoqué la Luz.

El Amor, el Alma, el Espíritu están a nuestro alrededor, reflejados en cada mirada.

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