El siguiente artículo del fotógrafo de viajes de MSIA, David Sand, refleja su visión y sus perspectivas particulares sobre sus viajes con John Morton. No representa las opiniones del Nuevo Amanecer ni de MSIA, y se publica para el disfrute de quienes se entretienen con el idiosincrático estilo de escritura de David.
Aterrizado en el frondoso Londres y alojado en el acogedor Kensington, donde las casas blancas, de elegantes columnas, se parecen muchísimo a las residencias del cielo. Viajar de Turquía a Francia y a Londres es como ser un buzo de aguas profundas que va subiendo poco a poco a tomar aire, donde cada parada sucesiva me acerca más a la superficie burbujeante de luz de la libertad.
Mi energía creativa probablemente se duplicó en el paraíso de patrones de París, y se volvió a duplicar cuando llegué a Londres, donde me subí a un espacioso taxi morado con el conductor poniendo una especie de alegre pop-rock de los 80, en lugar de la incesante música trocaica de bucle de cinta, hipno-trance, falsamente guay, mecánica, vudú, de culto al sexo y a la muerte (uuunnn-chk, uuunnn-chk, uuunnn-chk, uuunnn-chk) que dominaba los pasillos de hotel oscurecidos por la decadencia de la Turquía de gama alta, y luego mi pequeño hotel boutique de París… y que después, inesperadamente, rezumó su perversión hasta nuestro hotel incluso en la Estrasburgo entiesada a la alemana.
Por fin, en Londres mi hotel es tranquilo y no me perturba este autoritarismo auditivo. La gente en la calle parece tan despierta aquí, con los ojos revelando indicios de haber sido liberados de los bucles políticos, religiosos, intelectuales y estéticos. La seguridad en los grandes monumentos turísticos está presente, pero no es obsesiva, y siempre es increíblemente educada. Hay zonas donde no se puede hacer fotos, pero no siempre hay alguien vigilando que se cumpla, y eso hace que me den aún más ganas de cooperar con las normas. Sí echo de menos la calidez y la bondad de la gente en Turquía, de la cual la cortesía británica es un sustituto no del todo satisfactorio, y echo de menos las cálidas armonías de la expresión creativa francesa.
Pero incluso esa calidez tiene un ganchito emocional algo codependiente: en Turquía, un elemento de victimismo del tipo «todos-somos-perdedores-juntos-en-estas-circunstancias-inalterables», y en Francia una expectativa inconsciente de la continuidad del hábito en la búsqueda de la perfección, y la rebelión contra ella, que se nota en los rostros de los ciclistas hoscos y ensimismados de las calles, y en el omnipresente grafiti. La mayoría de la gente no parece estar pasándolo muy bien. De algún modo, la cultura británica captó los principios espirituales del no infligir daño, la neutralidad y la responsabilidad personal, y se nota en el nivel comparativo de alegría, espontaneidad y, en general, de expresión positiva e idiosincrática de la gente que veo. Siento que estoy en una cultura más madura.
Por cierto, la madurez espiritual de una cultura se puede medir, en general, por la inmadurez de su cocina. En Gran Bretaña todo gira en torno a comidas reconfortantes y blandas que atraen a los niños… natillas y nata cuajada y fish and chips y desayunos enormes, blandos y empapados de proteína. Una gran variedad de comida reconfortante alta en proteínas y grasas es indicativa de (1) riqueza y abundancia, que tiende hacia la proteína y la grasa, y se aleja de los rellenos baratos de carbohidratos; (2) la liberación de las normas en torno a la comida inspiradas por la carencia, que son a la vez causa y consecuencia de la represión del espíritu humano, que crea abundancia de forma natural allí donde se le suelta; y (3) un elevarse por encima de la necesidad de estimulación sensorial y de las exigencias excesivamente refinadas, alejándose del esnobismo de los entendidos y acercándose a los gustos poco sofisticados de un niño pequeño. (Creo que John-Roger encarnaba esto en su gusto por la comida.) Gran Bretaña y EE. UU. han alcanzado este nirvana gastronómico (y en cierta medida Italia, aunque todavía sigue algo atada a los carbohidratos). Y no olvides que Jesús dijo que hay que volverse como un niño para entrar en el reino de los cielos, y nunca dijo que la comida (ni ninguna clase de deleite sensorial) fuera una excepción.
No sabía qué iba a hacer en Londres los días en que no había eventos de MSIA, así que me levanté mi primera mañana aquí, abrí unas cuantas webs sobre cosas que hacer, y la Abadía de Westminster se puso de inmediato a dar saltos y a gritarme, aunque he estado allí varias veces. Pasé unos cinco segundos mirando esas webs, y allá que me fui. No hubo preguntas ni dudas, solo claridad. No sabía lo de la Misa de las 12:30 en la Abadía de Westminster, pero todo pareció conspirar para meterme en ella, incluido el tener que buscar otras cosas que hacer durante una hora o dos, porque las 12:30 era el primer horario de entrada disponible en mi condición de persona sin entrada; y que me dejaran pasar un poco antes, de modo que acabé en la zona de la Misa justo a las 12:30; y que uno de los guías/guardias me señalara entre la multitud y me dijera que la Misa estaba a punto de empezar, así que no podía hacer fotos. Lo tomé como una señal y me senté con unos segundos de margen, repitiendo mi reiterada asistencia a Misa en Notre Dame unos días antes, e hice Ejercicios Espirituales.
O soy tan inepto con los Ejercicios Espirituales que necesito inspiración constantemente, o me pusieron allí para aportar algún tipo de infusión de Luz. Me inclino a pensar que son las dos cosas. Me parece que buscar explicaciones de causa única y fórmulas restrictivas como la navaja de Occam es uno de los mayores bloqueos para la comprensión espiritual, porque limitan la abundancia, la multidimensionalidad y la libertad de Dios. Dios es lo bastante grande como para embutir un trillón de causas en un solo efecto… ¿y por qué no? Cuantas más causas puedas meter en un solo acontecimiento, a más personas podrás impartir la experiencia perfecta para su crecimiento espiritual. Y creo que Dios tiene un propósito más elevado que el de limitarse a gestionar un conjunto de leyes matemáticamente parsimoniosas para el funcionamiento de un universo físico.
Luego fui guiado de forma parecida a una visita a las Casas del Parlamento después de salir de la Abadía de Westminster. El momento fue perfecto. Todo se sintió como trabajo de Luz. La Cámara de los Lores se sentía psíquicamente más cargada de basura y más atascada que la de los Comunes, así que me demoré más con el Señor en los Lores. ¿Sabías que en realidad puedes pasearte y acercarte a esas cajas doradas en las que se apoyan los diputados de primera fila y los primeros ministros cuando responden preguntas en los Comunes? Le pedí a Dios que las rellenara de Luz, igual que Él/Ella/Ello rellena cada acontecimiento, cada efecto y cada momento. Esperemos que Él/Ella/Ello pueda lograrlo.